Algo extraño en las manos


     

     La comunidad presumía de sus poderes, habitualmente no los ponía en práctica, era cosa tabú y como tal se ocultaba.
     La niña desapareció, un día, sin dejar rastro, eso fue lo que la policía trasmitió, a lo mejor otra era la verdad.
      La comunidad no vivió tranquila a partir de ese momento, se preocupó y ocupó; trató de hallar alguna señal en las no señales, saber algo en la ignorancia, hacer eco donde no hay paredes. Así día tras día hasta que decidieron hablar con él. Era cuestión de convencerlo. Así lo hicieron.
      Los recibió a desgano. No fue cordial ni amistoso, si bien vivía en el lugar no se consideraba lugareño sino vecino transitorio y así lo demostró
       Aceptó el desafío, no era para menos, encontrar lo desaparecido es un reto para todos y más cuando enfrentaría críticas de los expertos policiales.
       Recorrió el lugar, paso a paso, piedra por piedra, hurgó, escudriñó, pasó horas vigilando por eso de que siempre se vuelve al lugar...y por fin dio con algo extraño, mostró sus manos abiertas con el objeto en ellas, como un cuenco.
        Sólo era una piedra que nada se diferenciaba de las demás, sin embargo no era así para él. Tenia una pequeña mancha que según sus teorías era sangre. Confirmado el hallazgo, lo hicieron evidencia.
        Se saturó el lugar, se revisó cada una de las cosas pequeñas o no, nada, sólo éso, una sin importancia.
        Entonces, el destino, ese ser invisible se corporizó, y allí sin mediar hechos ajenos, ni cosa extrasensorial, él grito su verdad; no veía nada, todo era un invento, no sabia de investigaciones, ni presunciones, nada de nada. 
        Se entregó, de la misma manera que antes había mostrado el objeto, con las manos abiertas como un cuenco. 

Marta Aimetta

Desencuentro




Cuando se detuvo frente a la puerta de la casa, Miguel supo que había llegado tarde. Entró en el cuarto donde la velaban. Flores, las flores que le agradaban tanto, la cubrían. Tratando de contener la angustia se aproximó a ella; el rostro sereno demostraba que su belleza no se había rendido.
Algunos rezaban en silencio, y otros, con lentitud, iban de aquí para allá hablando bajo como si temieran despertarla. Le produjo alivio que nadie reparase en él, y esto lo animó a permanecer en el lugar. Los sucesos del pasado fueron  descolgando recuerdos  a medida que transcurrían los minutos.
 Grande había sido su equivocación, y ahora que, abatido por el remordimiento,  estaba allí para pedir perdón, ella, como si hubiera querido negarse a escucharlo,  había partido.
Una voz distrajo sus pensamientos:
—¿Conocía  a mi madre?
—Sí —dijo Miguel algo turbado.
—Mi nombre es Sebastián, perdón... pero no lo recuerdo a  usted.
—Fuimos compañeros de facultad, nos frecuentamos un tiempo, después  no volví a saber de ella.
—Entonces habrá conocido a mi padre, ellos estudiaron y se recibieron juntos,  yo nací cinco años más tarde.
—Sí, claro, fuimos amigos. —dijo Miguel incómodo y con voz entrecortada
—Lamentablemente mi padre falleció meses después de mi nacimiento.
Miguel abrazó al joven.  Un profundo dolor  selló sus labios; le faltaron fuerzas para decirle a Sebastián que su padre no había muerto.

Rosalía Guzmán


Cuento tomado de su libro "De Lógica y Absurdos"

Furtivo y enigmático


     

     Las gotas de lluvia chocando en el vidrio de la banderola retumban en tu cabeza. La fiebre te consume y nubla el intelecto; pero no impide que regresen los sucesos importantes que cambiaron tu existencia. Tirado en la cama piensas en tu vida; esa  que desde el comienzo estuvo rodeada de bienestar y familia. Infancia y adolescencia  compartidas con estudios y deportes, pero después, cuando conociste a Martín, todo cambió. Sí, Martín... ¿recuerdas? Esa humedad en tus ojos, como si la lluvia se hubiera metido en ellos, duele y dice que no has olvidado.
     Con Martín penetraste a una forma de vida distinta,  hecha de sombras, por la que debiste aprender a mentir. Sentías romperse en pedazos tus principios y con ellos toda estabilidad emocional. Y fuiste cayendo... cayendo... casi sin darte cuenta  hasta venir a parar aquí, una cárcel como todas, llena de culpables ¿y por qué no? También de sentencias equivocadas como la tuya.
     No lo creyeron cuando proclamabas tu inocencia, mientras la madre de Martín te hacía responsable de su desaparición.
     —Busquemos a Martín —dijeron angustiados los familiares. 
     —Busquemos a Martín —respondieron los amigos.
     La policía comenzó su investigación, en tanto vos, paralizado, no hacías más que repetir:
—No lo he visto. No sé nada de él.

Ahora no llueve,  el rectángulo de la banderola enmarca una parte del arco iris que cruza el cielo, Martín encaramado en él te llama,  se columpia saltando de banda en banda, rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo, violeta y...  otra vez  rojo, naranja...
La imagen se vuelve borrosa por eso te levantas, apilas dos cajones  te cuelgas de los barrotes y apoyas tu frente en la banderola.
—Vení, te llevo a recorrer el arco iris. —dice Martín alargando un brazo
—No puedo, estoy enfermo y acusado de ser tu asesino.

Durante la ronda el policía  te encuentra tirado en el piso de la celda, tienes los ojos muy abierto, como si quisieras detener la vida que se  escapa mientras tus labios murmuran la frase que repites por última vez:

—Vamos Martín... vamos... sigamos  hasta el fin del arco iris.    


Rosalía Guzmán


Cuento tomado de su libro "De Lógica y Absurdos"

Otoño 1888






     En la humedad del empedrado los faroles espejaban una luz mortecina. Los cascos del único caballo que tiraba del carruaje repiqueteaban seguidos por el eco. Todo era difuso debido a la niebla, no obstante, Vanesa Harrison, a través de los visillos, pudo ver  dos sombras que descendían  del coche y continuaban por la vereda caminando muy juntas. Cuando se detuvieron delante de su ventana distinguió con claridad  que se trataba de una pareja. 
     Los desconocidos mantenían una breve conversación, en apariencia íntima, pero cuando nada lo hacía presumir el hombre clavó un puñal en el pecho de la mujer, quien cayó sin vida al suelo. El grito que Vanesa Harrison no pudo evitar hizo que el asesino se diera vuelta. Ambos quedaron de frente;  ella, aterrada lanzó una exclamación y se desplomó. Al día siguiente la sepultaron. Fue la  única persona que hubiera podio identificar a “Jack el destripador”.  


Rosalía Guzmán


Cuento tomado de su libro "De Lógica y Absurdos"



La música




     Yo ejecuto el violín, es un instrumento acorde a mí, ágil, práctico, manuable  y por sobre todo acomodaticio, no del todo común y menos fácil.

     Practicaba mientras mi mujer andaba de compras, visitaba amigas o simplemente salía, lo que hacía como el sol cada mañana.
      Mi amor a la música era proporcionalmente opuesto a su desinterés.
     Un día salí a comprar unas partituras y me pareció verla sentada a la mesa de un bar, sospeché la presencia de un hombre. Cenábamos cuando a los pocos días, con aire ausente, pregunté. Contestó que era una amiga con el cabello corto.
     Pasó la vida bajo el puente, mis sueños también pasaron.
     En cierta ocasión un amigo me comentó que ella frecuentaba una confitería muy céntrica, 
     —¿Los viste? —pregunté
     —Sí, además la saludé
      Un par de días después y sin que yo le preguntase nada hizo un nuevo comentario
     —Siempre salen juntos. Pero juntos —recalcó.
      Un día lo decidí, fui a una ferretería y cuando volví a casa cambie la cerradura.

     Ahora la escena es clara, yo ejecuto el violín, afuera llueve. Mi mujer intenta en vano abrir la puerta.

Destino

    



     El viaje fue tedioso, cuando uno deja las sierras y se va adentrando al noroeste, las sabanas blancas ocupan todo el paisaje. Imposible creer lo que los sentidos acusan. Las aves no existen, no hay ruidos. Así imaginaba el paisaje lunar, tal vez esto me resultase peor. Las salinas son áridas, lúgubres, insalubres.
     Las personas que allí trabajan viven menos, pierden rápidamente la visión, la sequedad corporal es mas evidente y el nivel intelectual es tan pobre como el entorno. La sal, parece, también afecta la salud síquica.     
     Apenas dejamos las salinas llegamos a un pueblo, si es que se puede llamar así a cuatro casas, dos árboles esqueléticos, un pozo de agua común y veinte habitantes viejos, incluidos los cuatro niños, nadie escapa a la vejez prematura.     
    Me apeé del colectivo y adentré en ese paisaje de muerte
    —¿A que vine? —me pregunté. Y no supe la respuesta .     
    Yo era tan pobre como el entorno, no asombraría a nadie. Mi traje era una donación, mis zapatos también, no tenía medias, me había envuelto los pies con tiras de tela para no lastimarme. Lucía un sombrero raído que fuera de fieltro pero tan gastado ahora que era de lienzo, sin embargo aún conservaba la forma.    
     —Las cosas caras y buenas duran mucho —pensé.      
     De una mano colgaba un portafolio de esos de la década del 50, marrón con divisiones y dos grandes bolsillos. No estaba roto, sólo había perdido el brillo y sus bordes estaban deslucidos, Daba la impresión que pesaba mucho pero sólo llevaba unas fotos que a nadie importaban.




Marta Aimetta

La cuerda






     Empezó al atardecer como una bruma que solo alcanzaba a los zapatos de los transeúntes, pero con el paso de las horas eran nubes densas que rodeaban a la gente, escondiendo a unos de otros. Las luces eran círculos esfumados que sólo se alumbraban a sí mismas.
     A la institutriz le fueron dadas dos horas de permiso al termino de sus clases; la noche se cerró como el manto de un monje, no había estrellas y la luna con tanto frio no se atrevió a salir; pero ella sí.     
     Decir que no tenía miedo sería infiel a la realidad, pero el impulso de verlo nuevamente era imperioso. La niebla se hizo una cortina de agua que calaba hasta los huesos, el paraguas en el bolso representaba la pasada precaución. La lluvia era torrencial, pararse para abrirlo no hubiese servido de nada.     
   Apuró el paso, las ráfagas golpeaban su espalda, sus pies se hundían en el agua de las calles y una sensación de tragedia inundaba su espíritu.
   —¿Por qué pienso esto? —se pregunto.  —Solo estoy a unas calles de verlo, me sentiré amada, amparada, acompañada.     
   Balanceó el bolso y sintió el roce del paraguas inservible.     Al llegar a destino sacudió sus ropas, se quito los zapatos, dio vuelta el bolso lleno de agua. Allí mismo cayo el paraguas, no se molesto en recogerlo.     
    Entró, una gruesa cuerda le rodeó el cuello. No supo qué paso.     
    Él se desprendió del cuerpo con facilidad.    
    Al otro día se intentó averiguar qué había pasado con la institutriz. Sólo un paraguas podría haber delatado al asesino, pero una mano anónima lo había recogido para seguir su camino despreocupadamente.


Marta Aimetta